jueves, 18 de mayo de 2017

“Luz de agosto” de William Faulkner (Trad. Enrique Sordo)

Mientras rescato, recopilo y —cómo evitarlo— releo las citas que quiero incluir en esta reseña —ese ciento y la madre que me obligo a dejar en dos— me descubro nuevamente fascinado por esa prosa infatigable y demoledora de Faulkner, y no deseando ya otra cosa que volver a Faulkner. Volver compulsivamente a Faulkner. 

Pero esto no es nuevo.

Recordarán, algunos, los que queden, que no hace tanto —demasiado, me temo— hablábamos de Faulker y lo hacíamos en estos términos: «Nos hemos vuelto conformistas, los lectores, los escritores. Nos hemos vuelto conformistas. Y mediocres. Nadamos, buceamos en mediocridad y conformismo y lo único que va a librarnos de esto, lo único que podrá salvarnos, es Faulkner y aquellos que son como Faulkner: escritores de verdad, no mecanógrafos. Aquí ya no queremos maquinistas, ni queremos pianolas. Aquí queremos sogas para colgarnos si no cambian las cosas pero sobre todo queremos faulkners. Ya sólo queremos faulkners. Ya sólo aceptamos faulkners, ahora. Todo lo demás, a la hoguera. Tú el primero». Desde entonces, desde aquel afectado 28 de octubre de 2015, hemos hecho de todo, empezando por faltar a nuestra palabra; hemos leído de todo y lo hemos hecho eligiendo casi siempre mal, creyendo, tal vez, que nadie se acordaría, que caería el grito en el olvido, no sospechando, ni remotamente (o tal sí, remotamente sí), que seríamos nosotros, mis socios capitalistas y yo, quienes no podríamos olvidarlo y quienes tendríamos que vivir con esas palabras que han terminado por convertirse en una pesada losa difícil de llevar de puro injustificable.

(Una vez más me dejo llevar por el dramatismo).

Y a pesar de esto han tenido que pasar dieciocho meses (dieciocho, que se dice pronto, pero que hay que pasarlos, todos, eh, con sus hipotecas y sus temporales y sus rentreés y sus vueltas al cole); dieciocho meses han pasado, decía, antes de volver, con la cabeza gacha, bien gacha, a Faulker, total para llegar una vez más a la misma conclusión: que ya sólo queremos Faulkners, etcétera.

Luz de agosto roza (¡roza, dice, el hijo de puta!) la perfección o así lo percibe uno mientras se adentra en ella (porque a estas alturas ya hemos aprendido que uno no lee a Faulkner, uno se sumerge en Faulkner o de otro modo no llega). Porque están los libros (atentos, que viene el tópico) que se olvidan o que se van olvidando o que sabes positivamente que serán pronto olvidados y que maldito si te importa, verdad, y después están los libros que se quedan ahí, un día tras otro, y no te dejan en paz y que son un recordatorio constante de a qué debemos aspirar o con qué no nos debemos conformar o directamente a quién debemos escupir en la boca. 

Si ya sólo queremos faulkners, si ya sólo leeremos faulkners, va a estar la cosa jodida. 

Pero la verdad es que no tenía hoy yo muchas ganas de generalizar; les quería simplemente hablar de la novela, poniéndome en plan, no sé, en plan instructor militar y obligarles, en la medida de lo posible, a dejarse de historias, inventos y excusas y entregarse inmediatamente (no como otros, eh, que acumulamos un retraso notable, con tantos años perdidos en basuras infectas de saltos de páginas y lenguas de trapo), entregarse, inmediatamente, decía, a este librito con la garantía (¿he dicho bien? Sí, he dicho bien: Garantía) de la satisfacción inmediata que proporciona y cuando quiero decir inmediata quiero decir desde la puta primera página.

Me voy a tener que coser la boca.

A lo que iba.

La novela trata sobre una mujer, embarazada, que busca al padre de su hijo. Lo único que ella sabe es que ha ido en no sé qué dirección y estará trabajando no sé dónde en no sé qué pueblucho miserable, llamémosle equis. Es llegando a equis que la novela explota. Más personajes, más tramas. Por ejemplo, Byron, el primer mierdecilla que se encuentra Leena, «era de esa clase de individuos a los que no se les ve a primera vista, aunque estén solos en el fondo de una piscina de cemento vacía», «y no es que él tuviera nada malo. Tenía aspecto de buena persona, uno de esos individuos que están mucho tiempo en el mismo puesto de trabajo y que trabajan en el mismo oficio durante mucho tiempo sin fastidiar a los demás pidiéndoles aumentos, y que siguen trabajando allí mientras les dejan. De eso tenía aspecto. Menos en el trabajo, parecía un objeto cualquiera. No era fácil imaginar que nadie, que ninguna mujer se acostara con él y menos aún que tuviese pruebas de que se había acostado».

También por ejemplo, Christmas, un blanco atormentado por su condición de negro, un secreto que lo encadena a un infierno en vida, un infierno del que se resiste a salir de puro racista. Christmas alquila una choza anexa a una casa, casa en la que vive una mujer que a primera vista parece de armas tomar pero que en el fondo «es como las demás. Es igual que tengan diecisiete años o cuarenta y siete, el día que se deciden a entregarse por completo, siempre lo hacen con palabras»(1); mujer con la que acuerda, en silencio, resolver la cuestión sexual a golpe de visitas intempestivas: «A veces Christmas pensaba así, recordando aquella rendición, una rendición sin lágrimas ni compasión, una rendición casi masculina en su dureza. Un aislamiento espiritual conservado intacto durante tanto tiempo que su propio instinto de conservación lo había inmolado, presentando en su fase física la fuerza y el valor de un hombre. Una doble personalidad: una de ellas, la mujer cuya visión, al resplandor de la vela (o quizás hasta el rumor de pies en zapatillas que se acercaban), le había revelado, bruscamente, como un paisaje a la luz de un relámpago, un horizonte de seguridad física y de corrupción, si no de placer; la otra, una mujer con los músculos adiestrados como los de un hombre, con la costumbre de pensar también como un hombre, resultado del atavismo y del entorno, cosas contra las cuales había tenido que luchar Joe hasta el último instante. Ninguna vacilación femenina, ningún falso pudor, ningún fingimiento de deseo evidente y de intención de dejarse conquistar al fin. Para Joe fue como si luchase físicamente con otro hombre por la posesión de un objeto que no tenía valor ni para el uno ni para el otro, y por el cual se peleaban por principio».

Y más: su socio, por ejemplo, un joven que se siente obligado a ocultar un secreto si quiere alcanzar no sabe si la libertad o la felicidad o qué y un viejo reverendo venido a menos que ha aprendido que la felicidad es incompatible con la mentira («La ciudad pensó que acaso era feliz. Que acaso era feliz por no tener ya que mentir»). O la propia Leena, la dulce y endiablada Leena. Historias que se cruzan, vidas que... A quién le importa. Es Faulkner.





(1)«Pero si usted tuviese algo más que un cerebro de hombre, sabría que las mujeres, cuando hablan, nunca quieren decir nada, que hablan por hablar. Son los hombres los que toman las palabras en serio».



martes, 9 de mayo de 2017

“El cuento de la criada” de Margaret Atwood

Leo El cuento de la criada sin prejuicios (quién dijo misoginia), animado por la serie de televisión que recién se acaba de estrenar y con la sana, noble y gafapastuna intención de enfrentarme a su futuro visionado con la ventaja que ofrece estar por encima de todo, incluyendo el bien, el mal y aquellos que no se leerán jamás el libro. Y lo leo con la seguridad y la tranquilidad que da saber que siempre es mejor el libro que la película, etcétera, etcétera.

Pues bien, habiendo leído el librito de marras y habiendo visto nada más que el tráiler (me van a perdonar, no quería demorar más la reseña) puedo decir casi con total seguridad que creo que me la han metido doblaba. Y hasta la garganta, además. De hecho, si abro mucho la boca, pueden ver asomar la punta.

La novela está bien; bastante bien, incluso. ¿Muy bien? (sin miedo: yo llegué a decir muy buena), pues igual sí (quien dijo sentimientos encontrados). Personalmente tengo que decir que me ha gustado pese a saber que está muy o bastante lejos de la maravilla que nos habían prometido los amigos de la narrativa distópica y secuaces, amigos de los que un servidor llegó a fiarse absolutamente pese a presumir de no fiarse nunca de nadie absolutamente, motivo por el cual mi primera impresión final (aquella de la que nunca hay que hacer caso, ya saben) fue tan positiva. Y lo fue porque El cuento de la criada es una buena historia mal terminada con la que perder el tiempo sobre todo si eres mujer y tienes que dar una charla sobre feminismo o algo así. No, en serio: súper útil. Y de ahí su éxito, supongo.

La cosa va de un golpe de estado dado por integristas que bien pudieran ser católicos que, al hacerse con el poder, relegan a la mujer pasándola del segundo plano en el que está ahora a un tercero o un cuarto; un plano, para que nos entendamos, situado entre las mascotas con pelo y los palmípedos. Pues bien, en tal situación, y tirando de Manual de Distopismo, prevalece el oscurantismo, esto es, la desinformación, la manipulación de los medios, etc. La narradora y protagonista es una mujer que vive encerrada en una suerte de conventillo infame donde es sistemáticamente violada por el macho alfa o comandante del centro con la excusa de repoblar el planeta o vaina similar, que como excusa para follar no está mal pero que ya te tiene que gustar, también.

La novela es ir descubriendo todo esto al tiempo que la susodicha, algo del todo punto irreconciliable con cierta realidad que debo omitir para no destripar la historia. Vaya por delante que mi mayor pero tiene mucho que ver con un final que dinamita innecesariamente lo construido a lo largo y ancho de cuatrocientas páginas.

Por lo demás, lo que ya suponen: una no reflexión en torno al integrismo religioso y la figura de la mujer como perdedora universal en la que lo más interesante es precisamente aquello en lo que no se profundiza en absoluto, esto es, la rápida aceptación de la situación por parte de unos hombres (y no sólo ellos: «Evito mirar mi cuerpo, no tanto porque sea algo vergonzoso o impúdico, sino porque no quiero verlo. No quiero mirar algo que me determina tan absolutamente») que no parecen del todo descontentos con la idea de tener más derechos que las mujeres a las que someten dicen que obligados por las circunstancias. 

«A él no le importa, pensé. No le importa en lo más mínimo. Quizás incluso le gusta. Ya no nos pertenecemos el uno al otro. Por el contrario, yo soy suya».

La novela, a medida que avanza, se parece cada vez más a una verbalización de lo que tal vez Atwood considera la gran fantasía sexual de los penes con patas que hemos sido siempre: ese harencito privado con vistas al mar y silencio conventual, hábitos incluidos.

El resultado es una novela muy entretenida (le pese a quien le pese) en la media que tramposa donde la acción y la reflexión brillan por su ausencia pero que, poseedora de una fuerte estética más propia del formato televisivo que del formato impreso (y toda vez que, insisto, carece de la profundidad que se espera de una novela de estas características), logra hipnotizar o simplemente seducir a quienes se acercan a ella con la mejor de las intenciones y la peor de las inocencias, entre los que me incluyo.



jueves, 4 de mayo de 2017

“Padre e hijo” de Larry Brown (Trad. Javier Lucini)

Esto será rápido.

No se dejen engañar por la portada, tan sugerente, tan oscura, tan sureña; tampoco se dejen engañar por la estética o la trayectoria de la editorial, también tan sugerente, también tan oscura, también tan sureña. Esta novela es absolutamente convencional y lo es de una forma que, expectativas mediante, resulta francamente molesta cuando no directamente irritante.

La literatura está plagada de repeticiones (que si crisis familiares, que si huidas hacía delante, que si procesos de madurez) que navegan o bien sobre sí mismas o bien sobre tramas de espías arrepentidos, naves espaciales, brujas malvadas o casas encantadas. En este maremágnum de lo cien veces visto hay un género que al cine le gusta especialmente: el de los ex convictos que buscan venganza, esto es, el joven o el adulto que, tras sufrir condena (previo abuso, ya sea violación ya sea simple agresión), sale con ganas de ajustar cuentas con el culpable de su desgracia, tarea que se le da especialmente bien gracias a lo mucho que ha aprendido en prisión los últimos años en materia de espionaje, persecución, cerraduras armamento pesado y nudos marineros. 

Esta novela es exactamente eso y de ahí la brevedad de este post, y de ahí las pocas (por no decir inexistente) ganas de perder mucho el tiempo con algo que ya ha sido reseñado en idénticas novelas (novelas en las que sólo cambia el título y el autor) tantas otras veces a lo largo del tiempo.

Ya no es tanto un problema de escritura plana (y quien dice plana lo dice en el sentido de impersonal, de automática, esto es, en el peor de los sentidos posibles), que la tiene, o de poseer una estructura que bebe hasta atragantarse de la novela de intriga o acción o suspense de los años noventa (léase John Grisham, John Case, Steve Martini o demás ralea, por ejemplo), que también, es que la novela, además de abusar del estereotipo de buenos buenísimos y malos malísimos, recurre a algunos de los tópicos propios de este tipo de novelas, tópicos que uno creía superados hace tiempo, tópicos del tipo estupidez supina, de actos del todo injustificables con el único, insisto, único objetivo de llevar la novela a un punto de tensión más falso que un Judas venido a menos.

Me sabe mal ponerme así pero es que la recta final de esta novela, las últimas cuarenta o cincuenta páginas, son tan absolutamente vergonzosas, es todo tan forzado, tan barato, tan directamente cutre, tan lamentable, que solitas ellas se cargan todo lo que el resto de la novela pudiese tener de bueno, que es casi nada más allá de la tan cacareada, alabada e incomprensiblemente agradecida lectura fácil



Mero entretenimiento. Y cuando digo mero, quiero decir MERO y ni esto más.