jueves, 25 de mayo de 2017

“No hay bestia tan feroz” de Edward Bunker (Trad. Laura Sales)

Le he asignado cinco minutos de mi valiosísimo tiempo a esta reseña. Cinco minutos no son muchos minutos a no ser que estemos hablando de “cinco minutos”. Para no faltar a mi palabra, me aferraré a este clavo ardiendo. Con todo, “cinco minutos” es una mierda de tiempo para escribir una reseña, por mucho que deje las correcciones al margen.

No hay bestia tan feroz. Recomendadísima novela, que no recomendabilísima, aunque puede que, tal vez, no sé, también. Supongo que sí. Bueno, mira, NO. ¿Moderadamente recomendable? Venga, va: compro.

Ahora bien: clasicazo. Pero clasicazo en el sentido que tiene de novela de corte clásico, esto es, de novela negra de las que sí sí sí, que sólo adolece de una cierta pesadez inicial y otro cierto alargamiento final.

La “originalísima” historia que, insisto, no merece las 420 páginas dedicadas, trata de un hombre que sale de la cárcel (oh!), tras ocho años de encierro, con las más nobles intenciones, a saber: encontrar un trabajo, dejar la calle, la delincuencia y los malos hábitos: las drogas, el proxenetismo, los atracos, las presentaciones de libros. Je. Total, que una vez fuera descubre que (oh!) el propio sistema boicotea su reinserción porque el sistema es una mierda y tal y cual y para más inri su agente de la condicional es un abnegado capullo moralista incorruptible que ni come ni deja comer. Y claro, así ni modo. Total que vuelve a las andadas: drogas, atracos, etc.

Una tercera parte de la novela es él queriendo no ser él, otra tercera parte es él no queriendo evitarlo y la última no se la voy a contar pero sepan que la novela incluye: sexo, drogas, alcohol, armas, mujeres (ninguna fatal, me temo), atracos, disparos, persecuciones, paseos por la playa, conversaciones filosóficas, racismo, diamantes, abogados y lametones varios. Esto es, el pack completo. 

Visualmente, impecable. Parece un guión. Pese al exceso de verborrea por cierta querencia a la repetición, hay una realidad que es buena a la vez que mala y es que cada clavo tiene una razón de ser. Quiero decir que si en algún momento una mujer te sonríe, está de Dios que acabarás en la cama con ella. Esto, que Chejov agradecería en grado sumo, en exceso evidente y en exceso poco sutil por lo que uno más que avanzar por la trama, la intuye.

Y aun así.

Y aun así, buena novela, buenos personajes, buena mandanga. Grandes momentos, otros no tanto y probablemente y pese a mis quejas, ninguno prescindible. Ah, y un final que, dentro de sus limitadas posibilidades, llega a sorprender, lo cual es, de puro inesperado, muy de agradecer.



…cincuenta y ocho, cincuenta y nueve… ¡cinco minutos!

Por los pelos.



jueves, 18 de mayo de 2017

“Luz de agosto” de William Faulkner (Trad. Enrique Sordo)

Mientras rescato, recopilo y —cómo evitarlo— releo las citas que quiero incluir en esta reseña —ese ciento y la madre que me obligo a dejar en dos— me descubro nuevamente fascinado por esa prosa infatigable y demoledora de Faulkner, y no deseando ya otra cosa que volver a Faulkner. Volver compulsivamente a Faulkner. 

Pero esto no es nuevo.

Recordarán, algunos, los que queden, que no hace tanto —demasiado, me temo— hablábamos de Faulker y lo hacíamos en estos términos: «Nos hemos vuelto conformistas, los lectores, los escritores. Nos hemos vuelto conformistas. Y mediocres. Nadamos, buceamos en mediocridad y conformismo y lo único que va a librarnos de esto, lo único que podrá salvarnos, es Faulkner y aquellos que son como Faulkner: escritores de verdad, no mecanógrafos. Aquí ya no queremos maquinistas, ni queremos pianolas. Aquí queremos sogas para colgarnos si no cambian las cosas pero sobre todo queremos faulkners. Ya sólo queremos faulkners. Ya sólo aceptamos faulkners, ahora. Todo lo demás, a la hoguera. Tú el primero». Desde entonces, desde aquel afectado 28 de octubre de 2015, hemos hecho de todo, empezando por faltar a nuestra palabra; hemos leído de todo y lo hemos hecho eligiendo casi siempre mal, creyendo, tal vez, que nadie se acordaría, que caería el grito en el olvido, no sospechando, ni remotamente (o tal sí, remotamente sí), que seríamos nosotros, mis socios capitalistas y yo, quienes no podríamos olvidarlo y quienes tendríamos que vivir con esas palabras que han terminado por convertirse en una pesada losa difícil de llevar de puro injustificable.

(Una vez más me dejo llevar por el dramatismo).

Y a pesar de esto han tenido que pasar dieciocho meses (dieciocho, que se dice pronto, pero que hay que pasarlos, todos, eh, con sus hipotecas y sus temporales y sus rentreés y sus vueltas al cole); dieciocho meses han pasado, decía, antes de volver, con la cabeza gacha, bien gacha, a Faulker, total para llegar una vez más a la misma conclusión: que ya sólo queremos Faulkners, etcétera.

Luz de agosto roza (¡roza, dice, el hijo de puta!) la perfección o así lo percibe uno mientras se adentra en ella (porque a estas alturas ya hemos aprendido que uno no lee a Faulkner, uno se sumerge en Faulkner o de otro modo no llega). Porque están los libros (atentos, que viene el tópico) que se olvidan o que se van olvidando o que sabes positivamente que serán pronto olvidados y que maldito si te importa, verdad, y después están los libros que se quedan ahí, un día tras otro, y no te dejan en paz y que son un recordatorio constante de a qué debemos aspirar o con qué no nos debemos conformar o directamente a quién debemos escupir en la boca. 

Si ya sólo queremos faulkners, si ya sólo leeremos faulkners, va a estar la cosa jodida. 

Pero la verdad es que no tenía hoy yo muchas ganas de generalizar; les quería simplemente hablar de la novela, poniéndome en plan, no sé, en plan instructor militar y obligarles, en la medida de lo posible, a dejarse de historias, inventos y excusas y entregarse inmediatamente (no como otros, eh, que acumulamos un retraso notable, con tantos años perdidos en basuras infectas de saltos de páginas y lenguas de trapo), entregarse, inmediatamente, decía, a este librito con la garantía (¿he dicho bien? Sí, he dicho bien: Garantía) de la satisfacción inmediata que proporciona y cuando quiero decir inmediata quiero decir desde la puta primera página.

Me voy a tener que coser la boca.

A lo que iba.

La novela trata sobre una mujer, embarazada, que busca al padre de su hijo. Lo único que ella sabe es que ha ido en no sé qué dirección y estará trabajando no sé dónde en no sé qué pueblucho miserable, llamémosle equis. Es llegando a equis que la novela explota. Más personajes, más tramas. Por ejemplo, Byron, el primer mierdecilla que se encuentra Leena, «era de esa clase de individuos a los que no se les ve a primera vista, aunque estén solos en el fondo de una piscina de cemento vacía», «y no es que él tuviera nada malo. Tenía aspecto de buena persona, uno de esos individuos que están mucho tiempo en el mismo puesto de trabajo y que trabajan en el mismo oficio durante mucho tiempo sin fastidiar a los demás pidiéndoles aumentos, y que siguen trabajando allí mientras les dejan. De eso tenía aspecto. Menos en el trabajo, parecía un objeto cualquiera. No era fácil imaginar que nadie, que ninguna mujer se acostara con él y menos aún que tuviese pruebas de que se había acostado».

También por ejemplo, Christmas, un blanco atormentado por su condición de negro, un secreto que lo encadena a un infierno en vida, un infierno del que se resiste a salir de puro racista. Christmas alquila una choza anexa a una casa, casa en la que vive una mujer que a primera vista parece de armas tomar pero que en el fondo «es como las demás. Es igual que tengan diecisiete años o cuarenta y siete, el día que se deciden a entregarse por completo, siempre lo hacen con palabras»(1); mujer con la que acuerda, en silencio, resolver la cuestión sexual a golpe de visitas intempestivas: «A veces Christmas pensaba así, recordando aquella rendición, una rendición sin lágrimas ni compasión, una rendición casi masculina en su dureza. Un aislamiento espiritual conservado intacto durante tanto tiempo que su propio instinto de conservación lo había inmolado, presentando en su fase física la fuerza y el valor de un hombre. Una doble personalidad: una de ellas, la mujer cuya visión, al resplandor de la vela (o quizás hasta el rumor de pies en zapatillas que se acercaban), le había revelado, bruscamente, como un paisaje a la luz de un relámpago, un horizonte de seguridad física y de corrupción, si no de placer; la otra, una mujer con los músculos adiestrados como los de un hombre, con la costumbre de pensar también como un hombre, resultado del atavismo y del entorno, cosas contra las cuales había tenido que luchar Joe hasta el último instante. Ninguna vacilación femenina, ningún falso pudor, ningún fingimiento de deseo evidente y de intención de dejarse conquistar al fin. Para Joe fue como si luchase físicamente con otro hombre por la posesión de un objeto que no tenía valor ni para el uno ni para el otro, y por el cual se peleaban por principio».

Y más: su socio, por ejemplo, un joven que se siente obligado a ocultar un secreto si quiere alcanzar no sabe si la libertad o la felicidad o qué y un viejo reverendo venido a menos que ha aprendido que la felicidad es incompatible con la mentira («La ciudad pensó que acaso era feliz. Que acaso era feliz por no tener ya que mentir»). O la propia Leena, la dulce y endiablada Leena. Historias que se cruzan, vidas que... A quién le importa. Es Faulkner.





(1)«Pero si usted tuviese algo más que un cerebro de hombre, sabría que las mujeres, cuando hablan, nunca quieren decir nada, que hablan por hablar. Son los hombres los que toman las palabras en serio».



martes, 9 de mayo de 2017

“El cuento de la criada” de Margaret Atwood

Leo El cuento de la criada sin prejuicios (quién dijo misoginia), animado por la serie de televisión que recién se acaba de estrenar y con la sana, noble y gafapastuna intención de enfrentarme a su futuro visionado con la ventaja que ofrece estar por encima de todo, incluyendo el bien, el mal y aquellos que no se leerán jamás el libro. Y lo leo con la seguridad y la tranquilidad que da saber que siempre es mejor el libro que la película, etcétera, etcétera.

Pues bien, habiendo leído el librito de marras y habiendo visto nada más que el tráiler (me van a perdonar, no quería demorar más la reseña) puedo decir casi con total seguridad que creo que me la han metido doblaba. Y hasta la garganta, además. De hecho, si abro mucho la boca, pueden ver asomar la punta.

La novela está bien; bastante bien, incluso. ¿Muy bien? (sin miedo: yo llegué a decir muy buena), pues igual sí (quien dijo sentimientos encontrados). Personalmente tengo que decir que me ha gustado pese a saber que está muy o bastante lejos de la maravilla que nos habían prometido los amigos de la narrativa distópica y secuaces, amigos de los que un servidor llegó a fiarse absolutamente pese a presumir de no fiarse nunca de nadie absolutamente, motivo por el cual mi primera impresión final (aquella de la que nunca hay que hacer caso, ya saben) fue tan positiva. Y lo fue porque El cuento de la criada es una buena historia mal terminada con la que perder el tiempo sobre todo si eres mujer y tienes que dar una charla sobre feminismo o algo así. No, en serio: súper útil. Y de ahí su éxito, supongo.

La cosa va de un golpe de estado dado por integristas que bien pudieran ser católicos que, al hacerse con el poder, relegan a la mujer pasándola del segundo plano en el que está ahora a un tercero o un cuarto; un plano, para que nos entendamos, situado entre las mascotas con pelo y los palmípedos. Pues bien, en tal situación, y tirando de Manual de Distopismo, prevalece el oscurantismo, esto es, la desinformación, la manipulación de los medios, etc. La narradora y protagonista es una mujer que vive encerrada en una suerte de conventillo infame donde es sistemáticamente violada por el macho alfa o comandante del centro con la excusa de repoblar el planeta o vaina similar, que como excusa para follar no está mal pero que ya te tiene que gustar, también.

La novela es ir descubriendo todo esto al tiempo que la susodicha, algo del todo punto irreconciliable con cierta realidad que debo omitir para no destripar la historia. Vaya por delante que mi mayor pero tiene mucho que ver con un final que dinamita innecesariamente lo construido a lo largo y ancho de cuatrocientas páginas.

Por lo demás, lo que ya suponen: una no reflexión en torno al integrismo religioso y la figura de la mujer como perdedora universal en la que lo más interesante es precisamente aquello en lo que no se profundiza en absoluto, esto es, la rápida aceptación de la situación por parte de unos hombres (y no sólo ellos: «Evito mirar mi cuerpo, no tanto porque sea algo vergonzoso o impúdico, sino porque no quiero verlo. No quiero mirar algo que me determina tan absolutamente») que no parecen del todo descontentos con la idea de tener más derechos que las mujeres a las que someten dicen que obligados por las circunstancias. 

«A él no le importa, pensé. No le importa en lo más mínimo. Quizás incluso le gusta. Ya no nos pertenecemos el uno al otro. Por el contrario, yo soy suya».

La novela, a medida que avanza, se parece cada vez más a una verbalización de lo que tal vez Atwood considera la gran fantasía sexual de los penes con patas que hemos sido siempre: ese harencito privado con vistas al mar y silencio conventual, hábitos incluidos.

El resultado es una novela muy entretenida (le pese a quien le pese) en la media que tramposa donde la acción y la reflexión brillan por su ausencia pero que, poseedora de una fuerte estética más propia del formato televisivo que del formato impreso (y toda vez que, insisto, carece de la profundidad que se espera de una novela de estas características), logra hipnotizar o simplemente seducir a quienes se acercan a ella con la mejor de las intenciones y la peor de las inocencias, entre los que me incluyo.



jueves, 4 de mayo de 2017

“Padre e hijo” de Larry Brown (Trad. Javier Lucini)

Esto será rápido.

No se dejen engañar por la portada, tan sugerente, tan oscura, tan sureña; tampoco se dejen engañar por la estética o la trayectoria de la editorial, también tan sugerente, también tan oscura, también tan sureña. Esta novela es absolutamente convencional y lo es de una forma que, expectativas mediante, resulta francamente molesta cuando no directamente irritante.

La literatura está plagada de repeticiones (que si crisis familiares, que si huidas hacía delante, que si procesos de madurez) que navegan o bien sobre sí mismas o bien sobre tramas de espías arrepentidos, naves espaciales, brujas malvadas o casas encantadas. En este maremágnum de lo cien veces visto hay un género que al cine le gusta especialmente: el de los ex convictos que buscan venganza, esto es, el joven o el adulto que, tras sufrir condena (previo abuso, ya sea violación ya sea simple agresión), sale con ganas de ajustar cuentas con el culpable de su desgracia, tarea que se le da especialmente bien gracias a lo mucho que ha aprendido en prisión los últimos años en materia de espionaje, persecución, cerraduras armamento pesado y nudos marineros. 

Esta novela es exactamente eso y de ahí la brevedad de este post, y de ahí las pocas (por no decir inexistente) ganas de perder mucho el tiempo con algo que ya ha sido reseñado en idénticas novelas (novelas en las que sólo cambia el título y el autor) tantas otras veces a lo largo del tiempo.

Ya no es tanto un problema de escritura plana (y quien dice plana lo dice en el sentido de impersonal, de automática, esto es, en el peor de los sentidos posibles), que la tiene, o de poseer una estructura que bebe hasta atragantarse de la novela de intriga o acción o suspense de los años noventa (léase John Grisham, John Case, Steve Martini o demás ralea, por ejemplo), que también, es que la novela, además de abusar del estereotipo de buenos buenísimos y malos malísimos, recurre a algunos de los tópicos propios de este tipo de novelas, tópicos que uno creía superados hace tiempo, tópicos del tipo estupidez supina, de actos del todo injustificables con el único, insisto, único objetivo de llevar la novela a un punto de tensión más falso que un Judas venido a menos.

Me sabe mal ponerme así pero es que la recta final de esta novela, las últimas cuarenta o cincuenta páginas, son tan absolutamente vergonzosas, es todo tan forzado, tan barato, tan directamente cutre, tan lamentable, que solitas ellas se cargan todo lo que el resto de la novela pudiese tener de bueno, que es casi nada más allá de la tan cacareada, alabada e incomprensiblemente agradecida lectura fácil



Mero entretenimiento. Y cuando digo mero, quiero decir MERO y ni esto más.

jueves, 27 de abril de 2017

“El camino del tabaco” de Erskine Caldwell (Trad. Horacio Vázquez-Rial)

Pero hablábamos de Erskine Caldwell.

El camino del tabaco es probablemente su novela más famosa. Ignoro el motivo pues no he tenido (todavía) el placer de leerlas todas pero supongo que alguno de peso habrá. Tal vez que es una buena historia. Sin duda lo es. Casi tanto como La parcela de Dios. Tal vez igual de buena. Tal vez incluso mejor. Cuestión de gustos, supongo. Qué importa. Lo que tengo claro es que si gusta una, gustará la otra. Y gustarán mucho.

El camino del tabaco es mucho más desagradable, desasosegante, y cuenta además con uno de los mejores arranques que he visto en mucho tiempo, quisiera poder decir años, pero sería mentira, igual que si dijese meses, pero es realmente cojonudo y probablemente la principal razón de que esta novela esté tan bien considerada, porque al final da igual lo que uno venda o deje de vender, da igual lo mejor o peor que se hable de la novela, al final, decía, la historia te atrapa o no te atrapa, y esto es algo que sabe y debería tener en cuenta cualquier escritor digno de considerarse tal. Quisiera contarlo; el comienzo, digo, nada más que para hacerme entender, pero no debería y no debería porque les privaría a ustedes de uno de los grandes placeres que ofrece la literatura. 

Pero… qué demonios.

El comienzo (y con esto me refiero a, no sé, las cuarenta o cincuenta primeras páginas, que ya sé que son bastantes, pero prueben a empezar, a ver si son capaces de dejarlo) es puro teatro; una larga secuencia en la que un hombre (Lov) que vuelve de comprar nabos hace un alto en el camino (del tabaco) para saludar a Jeeter Lester, su suegro.

No les veo locos de contento.

A ver si así:

La casa del suegro son los restos de lo que un día fue próspero. En ella viven él y una vieja y su esposa Ada y sus hijos Dude y Ellie May. El yerno no quiere acercarse a la casa. Teme ser atacado y atracado; puede que hasta maltratado. Teme al suegro y a su familia de malas y desnutridas bestias. Él sólo quiere pedirle que, por favor, le diga a su hija, la otra, aquella con la que se ha casado, que se acueste de una puta vez con él, que los matrimonios no se consuman solos y que si lo llega a saber se casaba con la fea.

«Lov había dicho siempre a Jeeter que no quería saber nada de Ellie May porque tenía el labio partido. Cuando estaba poniéndose de acuerdo con Jeeter sobre Pearl, dijo que podría considerar quedarse con Ellie May si Jeeter la llevaba a Augusta para que un médico le cosiera el labio. Jeeter estudió la cuestión concienzudamente y decidió que era mejor dejar que se llevara a Pearl, porque el arreglo del labio quizá le costaría más de lo que estaba sacando del asunto. El dejar que Lov se llevara a Pearl era puro beneficio. Lov le había dado unas mantas, además de una lata de aceite de máquina y toda la paga de una semana, que ascendía a siete dólares. Lo que más precisaba Jeeter era el dinero, pero lo demás era también muy necesario».

Pearl («es tan bonita…, y esos rizos rubios que le caen por la espalda hay veces que parece que me van a volver loco») tiene doce años de modo que sí, exacto, es esa clase de padre y es esa clase de yerno y es esa clase de matrimonio.

Gente, les presento a los Lester. Familia Lester, vuestro público.

¿Qué tal ahora? ¿Les pica? Pues si van a rascarse espero que sea el bolsillo: El camino del tabaco, Erskine Caldwell (de Navona, la editorial sin web con más suerte del mundo).

Jetter es un cerdo y un vago y un maleante. Es un ser despreciable que tiene mucha, muchísima hambre y ya se sabe no hay nada más terrible ni más peligroso que un hijo de puta hambriento. 

La novela es, pues, el viejo Jetter no teniendo ni para semillas mientras trata de salir adelante de la única forma posible, esto es, aprovechándose del esfuerzo o la ignorancia de quienes tienen la mala suerte de cruzarse con él. A partir de aquí, ya sólo quedaría entrar en detalles, pero basta saber que lo que viene a continuación no tiene absolutamente nada que envidiar a ese arranque que con tanto entusiasmo les he vendido. Más personajes, a cual peor, un viaje a la gran ciudad, un montón de dinero, toneladas de estupidez y un desasosiego que lo agarra a uno en la primera página y ya no lo deja hasta pasada, bien pasada, la última.

Al igual que La parcela de Dios, y sin saber con cuál quedarme, librazo.



viernes, 21 de abril de 2017

Breve nota de urgencia sobre “La parcela de Dios” de Erskine Caldwell (Trad. Vicente Campos)

Empecemos por dos apuntes sobre los que pasaré de puntillas (recuerden: Breve Nota de Urgencia): 

Uno. Se dice se cuenta se rumorea que a Faulkner, Bellow o Pound les gustaba Caldwell y que iban por ahí contándolo sin miedo a represalias. Quiero pensar que no es una recomendación como las que estamos acostumbrados a leer tipo a mi chico le gusta como escribo y a mi madre y a mis amigos y a ese crítico literario tan joven y simpático que conocí hace tanto tiempo; quiero creer que a Faulkner le gustaba realmente Caldwell, quiero creer que no es como ahora, que se miente más que se habla cuando nadie te lee y nadie le importa tu puto libro. A mí me dicen que a un Faulkner le gusta mi blog y ya tengo para tres pajas, mínimo.

Dos. Parece que este libro, que llegó a vender 10 millones de ejemplares (que se dice pronto, pero hay que venderlos y uno a uno, además), fue prohibido y su autor prácticamente desollado, porque en 1932 las cosas no eran como ahora. Bueno, matizo, es cierto que a día de hoy, aquí, te condenan por contar un chistecito de nada o por escribir soplapolleces en twitter pero antes era peor, eh, antes no se podía ir por ahí diciendo alegremente que en el sur eran todos unos vagos y cerdos miserables y unos racistas y unas malas bestias porque te crujía el fiscal. Cierto: así vende libros cualquiera. Pero, con todo, hablamos de 10 millones. 10, eh.

Dicho lo cual:

La novela, ambientada en el sur de la depresión, se desarrolla a lo largo de varios días en una finca en la que no se planta nada toda vez que el patriarca lleva algo así como 15 años entregado a una fiebre del oro que poco a poco le lleva a abandonar cualquier otra actividad —tipo plantar algodón para ganarse la vida y similar— y entregado, con un celo que roza la locura, a sembrar la tierra de enormes agujeros con la estúpida certeza (ni siquiera idea, pobre) de que en uno de ellos encontrará oro suficiente para sacar de la pobreza a diez generación de vagos y maleantes. Pero este no es el tema de lo novela, por más que realmente lo parezca; no, al menos, el único tema. También lo es la estupidez consustancial de algunos de sus hijos, que deciden arruinar su perra vida cavando los mismos hoyos y buscando el mismo oro. También es la historia de amor más triste del mundo entre un aspirante a sheriff orondo como un buey y una ninfa de rubios cabellos aficionada al aquí te pillo aquí te mato. Es también la historia de una pasión (pasión entendida unas como veces amor, otras como encoñamiento, otras como sincero agradecimiento) entre una mujer y su marido, entre esa mujer y su suegro, entre esa mujer y su cuñado, su otro cuñado, su vecino del quinto... Y también la historia de una crisis laboral, de una reclamación salarial, de un sindicalista convencido, de una época convulsa de ideales, hilaturas, desesperación y cero sentido del humor.

Viejos locos, mujeres fatales de puro hermosas, sindicalistas, sexo, sudores fríos y un albino. No se puede pedir más mejor, ni más breve, ni más ágil, ni más deliciosamente teatral.

martes, 18 de abril de 2017

“Suttree” de Cormac McCarthy (Trad.Luis Murillo Fort)

Suttree es un abismo. 

Es tan fácil, tanto, hablar de (llámenle criticar, si quieren) los malos libros, pero tanto tanto, que uno, que ha nacido vago, no puede dejar de preguntarse qué sentido tiene —con lo que le pagan, además—, meterse a reseñar novelas como esta que hoy ocupa nuestro tiempo, un tiempo que deberían ustedes perder leyendo novelas y no lo que se dice sobre ellas.

Supongo que ninguno. Quiero decir que supongo que no tiene ningún sentido. Primero porque cualquier cosa que digamos habrá sido dicha ya veinte veces, seguramente (no tengo la menor duda, en realidad), y segundo porque a estas altura de la vida ya sabemos, nos conocemos tan bien, verdad, que este tipo de reseñas o, si lo prefieren, este tipo de libros, no despiertan interés en más allá de quince o veinte lectores ocasionales con buen criterio, todo lo contrario de lo que ocurre con la memez de turno, léase Dolores Redondo, léase el último poemario de turno, léanse tantas cosas que no deberían no digo ya leerse sino directamente escribirse.

Todos, casi todos —vamos a pensar que lo primero—, conocen aquella famosa frase de Kafka y subsiguiente reflexión, aquella que decía que pensaba, Kafka, que sólo debíamos leer libros de los que muerden y pinchan, que si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo no deberíamos molestarnos en leerlo. (Libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, […] que sean hachas que rompan el mar helado dentro de nosotros, seguía). Esa frase. Esa frase que quien sabe cuántas veces habremos citado en vano, cuantas veces la habremos dejado caer en el contexto equivocado, como referencia en reseñas o comentarios sobre novelas que en modo alguno lo merecían. Nos gusta tanto esa frase, verdad, presumir de ella y hacerla nuestra y dejarla caer en cuanto tenemos oportunidad total para volver a casa y abrir la última mierda de Javier Marías, Vargas Llosa o Javier Cercas, que es exactamente la misma basura infecta del año anterior, una novela (y la otra y la otra) que, pese a nuestro entusiasmo eternamente infantil, eternamente ingenuo, acabó derrotándonos en su momento —dejándonos sin argumentos válidos para su defensa— por su mediocridad, dejándonos nada más que la amarga, por insuficiente, sensación de haber sido nada más que un poco felices, no ya por la novela, como hubiera sido lo deseable, sino por lo que tiene de reencuentro con escritores que un día fueron algo para nosotros, o significaron algo o cambiaron algo ya fuera dentro de nosotros, ya fuera fuera.

No pasa nada por leer basura. La basura también tiene derechos, también debe ser leída, aunque no sea más que para no perder la perspectiva, pero de ahí a ampararse en Kafka para justificarlo media un abismo. Y ese es abismo al que me refería al comienzo del post. La diferencia entre un libro que creemos que marca alguna diferencia y un libro que realmente lo hace, se llama Suttree. Y es un abismo. Pueden ustedes leer lo que quieran, y pueden hacerlo sin pedir disculpas, sin ampararse en Kafka o en el a mí me gusta o inexistentes conexiones personales tipo experiencias pasadas o traumas infantiles, pero si lo que realmente quieren es leer un libro que marque un antes y después, de deje una huella, que sea, cómo era, que muerda, sí, eso, que nos obligue a despertarnos como un puñetazo, que sea como un hacha que rompa nuestro helado interior, entonces ya lo siento, nenes, pero van a tener que leer Suttree, un libro que ya es, casi con total seguridad, y con perdón de Roth, Faulkner o Wolfe, lo mejor que he leído este año y parte del siguiente, un libro donde la prosa del mejor McCarthy (y que Meridiano me perdone) alcanza cotas del todo insuperables.

«Soñó con una raza polar que se desplazaba en trineos de piel de morsa, asta retorcida y marfil tirados por perros y erizados de lanzas y arpones, los cazadores envueltos en pieles, lentas caravanas atravesando el ocaso de una medianoche de invierno, en el confín del mundo, deslizándose como un susurro por la nieve azul con sus cargamentos de carne y pellejos y vísceras. Pequeños cazadores sucios de sangre que parecían flotar como esporas sobre el congelado vacío de cloro, de flor en flor de brillantes coágulos bermellón por la inmensa llanura boreal.
Frescas estolas de peces serpenteaban en el mundo nocturno de su mente famélica, aventando la granalla de sal que ascendía en columna hacia grietas en el hielo de la superficie. Para hundirse en un frío mar de jade donde las burbujas salían disparadas hacia el sol polar. Bancos de lancurdias desplegaban sus brillantes cintas y el oleaje oceánico subía con la rotación terrestre y vio que el sol se empañaba y se difuminaba tras las placas de hielo batidas por el viento. Bajo una estepa más silenciosa que la faz de la luna, donde osos marinos de alabastro recorren las saladas profundidades verdes».

Les contaría el argumento, pero no es fácil y total para qué. Suttree es un incómodo silencio río arriba unas veces río abajo otras, sin pasado y sin futuro, sin suerte y sin destino; es un hombre que muere de frío en invierno y malvive de siluros en verano; un hombre que es encarcelado, liberado, seducido, que cree conocer el amor y la suerte, total para no tener nunca nada más que ese río, que es, con diferencia, la presencia más imponente y oscura y hermosa desde que Conrad la hiciera también protagonista en aquel descenso a los infiernos que fue El corazón de las tinieblas.

«Señor Suttree, según tenemos entendido, al toque de queda decretado por ley con buen criterio y en esa hora en que la noche va tocando a su fin y un nuevo día comienza y contrariamente a la conducta que correspondería a una persona de su posición acudió usted a diversos locales infames en el condado de McAnally y derrochó allí varios años en compañía de ladrones, vagos, infieles, parias, cobardes, bribones, cicateros, catetos, asesinos, jugadores, alcahuetes, prostitutas, rameras, facinerosos, odres, borrachines, borrachos y superborrachos, palurdos, prófugos, calaveras y otros delincuentes de similar calaña.
Es que estaba bebido, exclamó Suttree».


Lo dicho: un abismo, que lo quisiera, para ustedes, insalvable.


«¿Te encuentras mejor, hijo?
Sí.
Dios debía de estar velando por ti. Has estado a las puertas de la muerte.
No se imagina qué es lo que vela por nosotros…
¿De veras?
No es una cosa. Nada deja nunca de moverse.
¿Es eso lo que has aprendido?
Aprendí que existe un Suttree y nada más que uno.
Entiendo, dijo el cura.
Suttree negó con la cabeza.
No, dijo. No entiende». 




lunes, 10 de abril de 2017

“Estabulario” de Sergi Puertas

La razón número uno por la que no me gusta comentar relatos (si no he contado esto mil veces no lo he contado ninguna) es porque muchas veces frente a la ingente (ingente, sí) cantidad de piezas incluidas en el libro equis se ve uno obligado a ofrecer una necesaria y a todas luces injusta y ambigua reseña cuando todo el mundo sabe (o debería saber si aplicase un mínimo de sentido común) que un relato debe ser tratado siempre como una unidad independiente del resto. 

Pero teniendo como tengo mejores cosas que hacer (leer, por ejemplo) no voy a pasarme el día con esto de modo que hoy toca ser injusto. Sí, otra vez.

Les voy a hacer un resumen de lo poco que van a escuchar sobre este libro que parece no estar leyendo nadie pese a ser, probablemente, y malinterpretando palabras del propio editor, uno de los que se siente más orgulloso así como una de las apuestas más fuertes de la editorial para este año y quién sabe si alguno más. Esto, decía, es lo que van a escuchar: van a escuchar que leer los seis relatos contenidos en Estabulario equivale a ver otros tantos capítulos de Black Mirror, una serie de televisión que supongo que prácticamente todo el mundo conoce (al menos los lectores potenciales de este libro, que es a quienes va dirigido el mensaje).

Tengo que reconocer que yo no soy un gran seguidor de la serie de modo que mi opinión de hoy no lleva la etiqueta de “experto en el tema”. Pero casi, porque he visto seis, de modo que un completo ignorante no soy. Y es desde esa pequeña ignorancia que les puedo decir que, efectivamente, el libro de Sergi Puertas es un poco bastante como ver la dichosa serie.

Si esto es bueno, malo o regular lo deciden ustedes. Personalmente considero que todo libro susceptible de ser comparado (ya sea con otro libro, ya sea con lo que sea) no tiene, por definición, la calidad mínima exigible para recibir la bendición de este santo blog.

Pero al grano.

En el primer relato, Obesidad Mórbida Modular, un hombre encerrado en un traje biológico (por culpa cierto firmware imposible de actualizar, cosas de la ciencia ficción), las va pasando putillas toda vez que la cosa es aislante en grado sumo. Es un poco lo de ser incapaz de hacer dieta mientras ves el colesterol a punto de colapso. 

El segundo, Manos libres, es un relato de guerra en el que dos mujeres intercambian pareceres mientras tratan de huir de un secuestro en una España invadida. Fuera de lo peculiar de este contexto de Reconquista Reload el relato es absolutamente mediocre, en el sentido que tiene ofrecer una historia que ya hemos visto mil veces por más que la perspectiva, el gran secreto de Puertas, pretenda, sin demasiado éxito, ser “diferente”.

El tercer relato, Pegar como texto sin formato, tiene como mayor virtud ser narrado desde el pasado: uno que traza un plan que ha de ser seguido al pie de la letra para atacar y destruir una central nuclear, porque las revoluciones son inmisericordes y estamos todos muy locos.

Torremolinos, el cuarto en discordia, es, de todos, el peor y más largo y más aburrido relato que he leído en mucho tiempo, dentro y fuera de este libro, y la razón, la única razón, de que servidor de ustedes haya tardado un mes en decidir si lo termina o no lo termina. Se retoma, en Torremolinos, la idea de una España en horas bajas: Andalucía es ahora territorio independiente y el protagonista de una serie de televisión que acaba con la salud de los actores (literal, esto, pero no voy a explicarlo) cruza la frontera para recibir un homenaje total para acabar metido en “una de espías” o similar, que tampoco hay por qué destriparlo todo.

Nuestra canción vuelve a recurrir a la deformación del punto de vista del narrador para contarnos una vieja historia de unos poderosos “mutantes” que, acosados, conducen al mundo al pánico mientras arrasan con todo. 

En Estabulario, probablemente el que más me ha gustado, se cuenta una historia de terror con termomix incluida. Ágil, divertida e imprevisible muestra al mejor Puertas, un escritor capaz de conjugar el terror con la ciencia ficción, el suspense y artefactos varios de andar por casa. 

En general (ahora sí) es una propuesta interesante sobre todo para aquellos que dedicamos demasiado tiempo a leer historias sobre mujeres que aman sin ser amadas o niños obligados a madurar antes de tiempo. Tal vez no sea lo bastante bueno, en conjunto y un poco por culpa de ese Terremolinos infernal, como para recordar estos relatos dentro de dos, tres meses, pero sí para tener en cuenta en nombre del autor; sí para saber que, tal vez, sólo tal vez, y sin ánimo de hacer de él nuestra última esperanza, Sergi Puertas no sea tan como los demás están siendo desde hace ya demasiado tiempo.



viernes, 24 de marzo de 2017

“Gaspar Ruiz” de Joseph Conrad (Trad. Juan Gorostidi)

Uno se pregunta varias cosas cuando tiene este libro en las manos. 

La primera sería qué demonios se le pasa a uno por la cabeza para montar una editorial en un mercado saturado de editoriales sin público. Eterna pregunta.

La segunda tiene que ver con el formato que, como pueden deducir por la fotografía, difiere bastante de aquello a lo que estamos acostumbrados quienes acostumbramos a leer. Yo no sé si es mejor o peor, desde luego sí es más incómodo, pero también más interesante en el sentido de “menos encorsetado”. La elección de este formato probablemente tenga más que ver con la búsqueda de un hecho diferencial que aporte un valor añadido al producto final que con una cuestión estética o meramente práctica que busque ajustarse a los parámetros establecidos por esa otra marca de la casa que son las ilustraciones. Si funciona o no funciona, si gusta o no gusta, es una cuestión personal, ya ahí no me meto; a mí me ha gustado, y mucho, además, pero también es verdad que si ha sido así es gracias a que se trata de un relato y no una novela, que entonces la iba a leer su padre. Todavía no me he recuperado del todo de los esguinces varios resultado de la lectura de la edición de Pretextos de El hombre que ríe, como para repetir la experiencia. Ahora bien, mejor papel y mejor acabado, difícil.

La tercera es muy sencilla: ¿por qué Gaspar Ruiz? Quiero decir… de todas las novelas y relatos de Conrad llama la atención que los editores hayan elegido precisamente uno que es prácticamente desconocido y que además forma parte de una colección de seis (ninguno de los cuales recuerdo con especial cariño) que fueron publicados juntos en algún momento, por más que el propio Conrad hubiese desmentido entonces que tuviesen otra cosa en común que no fuese la de contener hechos intrínsecamente fidedignos («con lo cual me refiero no sólo a que son verosímiles sino a que sucedieron realmente») y en modo alguno ligados a experiencias personales suyas. A no ser… a no ser que la intención sea publicar los seis en este formato, lo cual estaría genial si no fuese algo al alcance de pocos bolsillos, lo cual parece en extremo arriesgado para una editorial que comienza.

Que, oye, si es así, ole sus huevos. Ahora, si no es así, bueno, nos queda el consuelo de saber que el peor relato de Conrad (no es el caso, eh) es mejor que cualquiera que puedas escribir tú.

La cuarta y última tiene poco que ver con la obra y sí mucho con algo a lo que un servidor de ustedes da mucha (cada vez mas) importancia aunque no hable demasiado del tema, un poco para no aburrirles y otro poco porque no le da la gana. Se trata de lo siguiente: resulta que los señores editores no han contemplado, y si lo han hecho se lo han pasado por el forro, la posibilidad de incluir el nombre del traductor en la portada (omisión que han trasladado a la web, que ya tiene delito). Esta práctica, por lo general tan habitual, no llamaría la atención si no fuese porque sí han incluido el nombre de la ilustradora, dando a entender con esto, no se su voluntaria o involuntariamente, que es más importante lo uno que lo otro. Yo sé que da igual, que al final el reclamo es el reclamo, esto es, la cuestión estética y que al final la traducción es una cosa que miran cuatro y la mitad de las veces, como en este caso y una vez que descubres al culpable, tampoco sabes bien qué pensar. Con todo, no estaría de más incluirlo, entre otras cosas porque la prosa de Conrad no es una prosa fácil, ya lo dice Gorostidi citando a Javier Marías en el prólogo y no es lo mismo que lo reseñe uno que otro que el google translator. Por lo que he podido ver y desde la ignorancia más supina, el resultado de esta nueva traducción es más que correcto. He aquí un ejemplo de las diferentes traducciones que se pueden encontrar actualmente (se incluye original):


Joseph Conrad
«A revolutionary war raises many strange characters out of the obscurity which is the common lot of humble lives in an undisturbed state of society.
Certain individualities grow into fame through their vices and their virtues, or simply by their actions, which may have a temporary importance; and then they become forgotten. The names of a few leaders alone survive the end of armed strife and are further preserved in history; so that, vanishing from men’s active memories, they still exist in books».

Traducción de Juan Gorostidi para Yacaré
«Una guerra revolucionaria hace surgir muchas extrañas personalidades de entre la oscuridad que es el destino común de las vidas humildes en una sociedad apacible.
Ciertas individualidades alcanzan la fama a través de sus vicios o de sus virtudes, o simplemente por medio de sus actos, que pueden poseer una importancia efímera y después caen en el olvido. Al término de una lucha armada solo sobreviven los nombres de unos pocos líderes, más tarde preservados en los anales de la historia, de modo que, cuando desaparecen de la memoria de los hombres, permanecen aún en los libros».


Traducción de Fernando Jadraque para Valdemar
«Una guerra independentista rescata a muchos personajes extraños del anonimato que es la suerte común de las vidas humildes en las fases pacíficas de la civilización.
Ciertas individualidades saltan a la fama por sus vicios y sus virtudes, o simplemente por sus acciones, que pueden adquirir una repercusión transitoria… y luego caen en el olvido. Al término de una sublevación armada, sólo los nombres de algunos caudillos perviven y son consagrados en la Historia; de tal guisa que, una vez desvanecidos del recuerdo activo de los hombres, subsisten en los libros».


Traducción de Andrés Barba para Sexto piso
«Una guerra revolucionaria suele sacar de la oscuridad a muchos curiosos personajes, un puñado de vidas humildes que vive en los estratos más tranquilos de la sociedad.
Hay ciertos individuos que acaban logrando la fama gracias a sus virtudes o a sus vicios, o sencillamente por acciones que a veces llegan a adquirir una importancia transitoria antes de caer de nuevo en el olvido. Cuando por fin acaba la lucha, apenas sobreviven los nombres de algunos caudillos que se consignan en la Historia, y cuando muere también el recuerdo vivo de los hombres, éstos perviven calladamente en los libros».



¿El relato? 

Vamos, por favor, a quién demonios le importa semejante cosa. Es decir: es Conrad. Conrad, eh, ojo. Cuidado con esto que es importante: Conrad es incuestionable. Y punto. Y si no te gusta lo que tienes que hacer es clavarte una daga el corazón y dejarnos a los demás seguir con lo nuestro. 

Gaspar Ruiz no es un su mejor relato, en eso estamos de acuerdo, pero es una buena historia de aventuras que va desde el drama carcelario hasta el amor interesado pasando por todo aquello que quepa en una historia de traiciones, valor, orgullo, monarquías derrocadas y suicidios de amor o desolación. 

Y encima está perfectamente embalado. Sobre todo eso. El libro como objeto y Conrad como excusa y garantía.

No es un mal comienzo.



lunes, 20 de marzo de 2017

“El mar, el mar” de Iris Murdoch (Trad. Marta I. Gustavino)

No es casual que en esta novela se hable tanto como se habla de matrimonio (palabra que se repite nada menos que 73 veces), al fin y al cabo se trata de un relato de muerte y destrucción moral, valores que por lo general uno asocia a un escritor como Thomas Bernhard y en los que Murdoch no parece desenvolverse del todo mal.

No me lo invento; lo deja caer el propio narrador y absoluto protagonista es esta suerte de diario que es El mar, el mar, cuando, ya cerca del final de la novela, prepara una maleta por motivos que no vienen al caso:

«[…] fui al cuarto de los libros, a buscar alguno para leer durante el viaje. […] Necesitaba algo un poco sensacional y absorbente. Habría sido incluso un buen momento para la pornografía, solo que en realidad no puedo aguantarla. Terminé por escoger Las alas de la paloma, otro relato de muerte y destrucción moral».

[Lo suyo hubiera sido leer, inmediatamente después, la novela de James pero esa es otra historia y además a nuestro héroe “su maravilloso comienzo magistral” no llegó a atraparle].

Toda esta introducción para qué, se preguntarán. Para nada. O para casi nada. Tal vez como muestra de lo que se pueden encontrar en la novela: una introducción monologada de 140 páginas que hay que tragarse antes de entrar en materia o, si lo prefieren, antes de que ocurra algo que no sea un hombre frente al mar preparando ensaladas y echando mano del pasado para llenar páginas y páginas del libro de su vida. O tal vez es que simplemente no sé por dónde empezar.

Yo creo es más bien esto último.

¿De qué hablábamos? Ah, sí, de destrucción moral, o de matrimonio que, para este caso es lo mismo. Vean, si no, qué de perlas:

«El matrimonio es una especie de lavado de cerebro que obliga a la aceptación de muchísimos horrores», «Uno de los horrores del matrimonio es la suposición de que los miembros de la pareja han de decírselo todo», «Todo matrimonio que perdura se basa en el miedo. El miedo es fundamental. Cuando profundizas en la naturaleza humana, ¿qué hallas en el fondo? Un miedo miserable, rencoroso, cruel y egoísta, y no importa si te lleva a aplastar con la bota o a encogerte en un rincón. En cuanto al matrimonio, la gente se limita a negociar posiciones de dominación y sumisión. Es evidente que a veces «crecen juntos» o «alcanzan la armonía», puesto que uno tiene que enfrentarse racionalmente a la fuente de terror que hay en su vida», «El grito espantoso de unas almas hundidas en el dolor y la culpa, que se aborrecen y están atadas la una a la otra. El infierno del matrimonio».

Y las que me dejo.

«Gracias a Dios, uno se olvida de sus amores como se olvida de sus sueños».

Me aburro. Entremos en materia.

El protagonista es un director de teatro que habita una casita en la costa, casita que no cuenta con los servicios mínimos pero que para retirarse del mundanal ruido y encontrarse a sí mismo va muy bien. Como decíamos, el protagonista y a la vez narrador escribe un diario: esta novela. Como narrador en primera persona no es muy fiable, ninguno lo es, y debemos creernos lo que nos dice al tiempo que sacamos nuestras propias conclusiones, que es una cosa que siempre da mucha calidad a las novelas. 

«Has vivido toda tu vida en un sueño hedonista, y te has comportado impunemente como un canalla porque siempre elegiste mujeres capaces de valerse por sí mismas. Cierto que nos lo decías bien claro, jamás te comprometiste. ¡Nunca dijiste que nos amabas, aunque fuera cierto! ¡Un galán pagado de sí mismo que no se ensucia las manos! Pero si las muchachas sobrevivieron, fue solo porque tuvieron suerte. Eres como un hombre que dispara una ametralladora dentro de un supermercado y casualmente no se convierte en asesino».

En esta teatralizable novela, también velado pequeño homenaje a La tempestad, este Próspero venido a menos, descubre un buen día que el azar, juguetón, ha querido obligarle a compartir espacio vital en pueblo remoto con la única mujer que amó en su vida, dulce amor de juventud, amor truncado no les diré por qué. La mujer está casada, quién sabe si felizmente, probablemente no, pero él decide que Absolutamente NO, que su matrimonio es completo desastre, que su marido es un hombre violento y dominador y que ahora su misión en la vida es salvarla a pesar de sí misma si es necesario. Objetivo: recuperar el amor, reconciliarse con el mundo, envejecer honorablemente y poder llegar a ser, al morir, recuerdo en alguien. 

«Ahora estás viejo y terminado, te marchitarás como Próspero cuando regresó a Milán, te pondrás patético y senil y habrá chicas bondadosas como Lizzie que te visitarán para levantarte el ánimo. Durante un tiempo, por lo menos jamás hiciste nada por la humanidad, nunca hiciste un rábano por nadie más que por ti mismo. Si Clement no se hubiera encaprichado contigo, nadie habría oído jamás hablar de ti; tu trabajo no servía para nada, no era más que una colección de trucos pretenciosos, como lo puede ver todo el mundo ahora que ya no los tienes mesmerizados, así que el baño de oro se va gastando rápidamente y te encontrarás solo y ya ni siquiera seguirás siendo un monstruo en la mente de nadie y todos dejarán escapar un suspiro de alivio y se apenarán por ti y te olvidarán».

La novela es básicamente esto y visitas mil: de viejos amores, amantes, familia, amigos o enemigos declarados y un largo etcétera que sirve para poner en evidencia el absurdo de todo y la estupidez. También hay hijos ajenos que se quisieran propios, secuestros y una vuelta de tuerca a la vieja costumbre de ocultar lobos bajo pieles de cordero. Lamentablemente es probable que, a ratos, no pueda uno evitar la sensación de que o bien la cuestión de fondo no da para tanto y bien se tiende en exceso a la repetición, tanto de diálogos como de acciones, dejando con esto la ya clásica impresión de estar frente a un novela innecesariamente larga y demás tontadas de malos lectores.

Buena lectura, sin duda, pero no lo suficiente.



miércoles, 15 de marzo de 2017

“Los náufragos del «Batavia»” de Simon Leys (Trad. J.Ramón Monreal)


Sigue el blog en modo autodestrucción. Mientras la mano izquierda se dedica a perder el tiempo comentando chorradas, la derecha se da un homenaje tras otro dejando el año perdido de buenas o grandes novelas cuando no directamente —a poco que me deje llevar—obras maestras. (A saber: McCarthy, Faulkner, Wolfe, Roth, Murdoch, Twain, O´connor…).


Hoy, rompiendo un poco esa tónica, vamos con la reseña de un libro tan breve que no sabe uno si valdrá la pena tanto esfuerzo. Yo creo que sí.

He aquí la historia: Leys descubre o da, un día, por casualidad, con un suceso del todo apasionante que le lleva a coleccionar compulsivamente recortes, noticias, fotografías y merchandising variado (astillas, calaveras y doblones de oro). Se trata de la tragedia del Batavia, un barco de escasa o nula importancia que un mal día de 1629 encalla entre las rocas de un arrecife de coral próximo a la costa australiana (el típico tramo de costa a la que solo se acercan los barcos que han comprado el sextante en el chino de la esquina). Esto en circunstancias normales acabaría en tragedia clásica, esto es, con la muerte de toda la tripulación, a excepción de los dos más tontos, el cocinero y un alférez, pongamos, que llegarían a buen puerto remando con los muñones de otros sobre el palo de una escoba total para acabar malvendiendo la exclusiva de un canibalismo derivado en coprofagia amén de una latente y nunca del todo reconocida homosexualidad autoimpuesta.

Y no. Para nada. 

Fue mucho mejor.

En ese barco había como chorrocientas mil personas. O más. Igual trescientas. Que es gente, también, ojo, que esto lo llevas al cine y ya medio presupuesto se te va en dietas de desplazamiento. Pues bien, el barco encalla. Pero encalla de no desencallar en la puta vida. Claro, esto, sin botes salvavidas, una estúpida tradición que todavía tardaría en llegar a la marinería, está en el nivel diez de desesperanza lo que lleva a la gente, —esto es, tripulación, soldadesca, gremios artesanos (que había de todo en ese barco)— a hacer lo que haríamos cualquiera minutos antes del fin del mundo, a saber: beber, comer chuches y follar hasta dejarlo todo en carne viva. Eso incluye violaciones, toda vez que el tiempo del cortejo se pone en Modo Guateque, y demás despropósitos, tipo decir muchas palabrotas y recuperar la fe perdida en quién sabe qué burdel. Tal fin hubiera sido bonito a ojos de Dios pero quiso el azar que el barco, previa espantada del capitán y burguesía variada, quedase en manos del mayor hijo de puta que ha parido madre.

A partir de aquí, siendo aquí el momento en el que la tripulación al completo se reparte en tres mal llamados islotes, poco más que pedruscos (véase foto y valórese el esfuerzo documental de un servidor), y sin ánimo desvelar más trama de la ya desvelada, la novela pasa de relato erótico festivo de nudos marineros a thriller de terror con satanismo incluido. La típica historia que si la cuenta otro que no sea Leys no se la cree nadie (a excepción de Mike Dash, el escritor que le pisó el libro a un Simon Leys demasiado inseguro durante demasiado tiempo, en un libro dicen que profusamente documentado que publicó Lumen en 2003 y hoy es prácticamente imposible de encontrar). Absolutamente fantástica, lo digo completamente en serio, hipnótica y delirante, Los náufragos del Batavia es todo lo mejor que un puede esperar de una tragedia en el mar, muy superior a aquella tontada del Titanic on the rocks, que cuenta además con un soberbio final, un final tan cinematográfico que, y siento insistir sobre esto, sería del todo increíble en un relato de ficción. 



Se dice se cuenta se rumorea (link) que Russell Crowe ha comprado los derechos de la historia con la noble intención de regalarnos la vista en un futuro todavía por determinar. No sé, puede ser, pero el libro éste tiene como cien páginas y no le sobra ni la primera. Cien páginas, por tanto, de diversión pura y dura (garantizado, esto) con un único defecto: que se termina. 

Piérdanselo, si quieren. Allá ustedes.



martes, 14 de marzo de 2017

“La felicidad de los pececillos” de Simon Leys (Trad. J. Ramón Monreal)

Un libro es bueno por muchas razones. Por ejemplo, cuando nos da la razón, confirma lo que ya sabemos o nos pone sobre la pista de aquello que nos interesa y que prácticamente habíamos olvidado o directamente ignorado. La felicidad de los pececillos es exactamente eso: un libro con el que sólo podemos estar de acuerdo, un libro plagado de anécdotas más o menos intrascendentes, más o menos interesantes, citas, nombres, palabras puestas en cienes de bocas ajenas, palabras que siempre tienen mucho que ver con el acto de leer o el acto de escribir, que son casi los mejores actos que uno se puede encontrar por la calle. 

Y las cosas como son: un libro tan lleno de obviedades sólo puede ser bueno.

Y además incluye cuatro citas de Confucio, entre las que se encuentra «Consagrad al gobierno los ocios del estudio, y al estudio los ocios del gobierno» que es un tipo de cita que ya solo por su estructura resulta imbatible. 

A mí este tipo de libros me cargan un poco, honestamente. Tanta sabiduría y tanta verdad acumulada y tanta perspectiva y tanta clarividencia y tanta vaina. Si esto lo salpicas, además, con esa mierda tan Zen, tan de ponerte de rodillas y no querer ya otra cosa que comer arroz con los dedos y follar sobre un tatami a la hora del té, pues apaga y vámonos. 

«Zhuang Zi y el maestro de lógica Hui Zi se paseaban por el puente del río Hao. Zhuang Zi observó: «¡Mira lo felices que son los pececillos que se agitan ágiles y libres!». Hui Zi objetó: «Si no eres un pez, ¿de dónde sacas que los peces son felices?». «Como tú no eres yo, ¿cómo puedes saber lo que yo sé de la felicidad de los peces?». «Te concedo que yo no soy tú y que, por tanto, no puedo saber lo que tú sabes. Pero como tú no eres pez, no puedes saber si los peces son felices». «Retomemos las cosas desde un principio —replicó Zhuang Zi—. Cuando me has preguntado “¿De dónde sacas que los peces son felices?”, la forma misma de tu pregunta implicaba que sabías que yo lo sé. Pero ahora, si quieres saber de dónde lo sé, pues bien, lo sé desde lo alto del puente».

Pero no quiero parecer insensible (no más de lo necesario, al menos): lo cierto es que el libro de Leys tiene tanto de obvio como de ameno, dicho esto como un cumplido, y cuenta además con la ventaja de regalarte un montón de sabiduría de la buena, que es esa sabiduría que sale siempre a relucir en las noches de agosto de terracita e impostada trascendencia a partir de la segunda copa; por no hablar de todos esos sentencias estelares ideales de la muerte para abrir temas de conversación en los cada vez más habituales incómodos silencios, tipo Mark Twain observó que la música de Wagner perdía mucho si se la escuchaba.

Sé que no lo parece, pero el libro me ha gustado. Quiero decir que lo he pasado moderadamente bien, me ha entretenido, ese tipo de cosas (al final lo más simple, verdad…): digamos que mientras lo leía, he llegado a sentir cierto placer, o si no placer, un cosquilleo. No sé, tal vez era hambre. En cualquier caso es un compendio de momentos, episodios, capítulos (dejémonos de tonterías y llamémoslo por su nombre: de artículos dominicales) realmente estupendos tipo Del papel del arte en las expediciones polares o Un congreso de escritores en la isla Norfolk o El imperio de lo feo (“La belleza llama a la catástrofe del mismo modo que los campanarios atraen el rayo”). Incluso hay uno en el que se permite decirle a Bloom que es un poco papanatas por creer que un cuento de Chejov es bueno por los motivos equivocados.

Y oye, que muy bien, pero vaya.



jueves, 2 de marzo de 2017

Resumen de lecturas FEBRERO 2017


Lo peor de leer… tanto, digamos (al menos en comparación con meses anteriores), es que llegado este momento las primeras lecturas del mes parecen de pronto un algo a las que el tiempo, de puro lejano, prácticamente les otorga categoría de clásico intemporal. El otro inconveniente es que muchos de los argumentos, los detalles, aquello que durante la lectura planeamos comentar en una hipotética reseña (esos subrayados, dobleces en el esquinas, citas subidas a las redes sociales), cae pronto en el olvido, pierde la importancia que parecía tener en su momento y deja incluso de ser susceptible de ser comentado en una reseña. La ventaja es que las buenas novelas, aquellas que realmente han valido la pena o han significado algo, caso de haberlas, es que brillan sobre las demás y no contentas con eso ponen al resto en su sitio. Es el caso de Pastoral Americana, de Philip Roth, novela que no he podido disfruta más y que, durante su lectura, me hacía pensar (idea que prevalece aún hoy) que estaba frente a la tan esperada o buscada o cacareada Gran Novela Americana. Magnífica historia, magnífico escritor, magníficos personajes: una novela redonda, impecable. Si hubiese novelas imprescindibles (no las hay) esta sería sin lugar a duda una de ellas.

No así La muerte en Venecia, de Thomas Mann, que me dejó ligeramente frío un poco porque yo soy así y otro porque no acabé de entrar en la historia, llámenlo falta de empatía, llámenlo falta de interés, llámenlo como quieran pero el caso es que se me escapan las razones que hacen tan buena o popular esta pequeña novela que no pretendo demonizar pero tampoco etiquetar de genial porque sí.

Mismo caso para Proust, la biografía, breve como pocas, que Edmund White le hace al famoso escritor. Demasiado centrada en demasiados momentos en su condición homosexual o amorosa, se echa en falta una mayor profundidad en el análisis de su obra o algo que vaya más allá de lo comentar lo buen observador que era Proust. Por otro lado y siendo justos y por aquello de equilibrar la balanza, es una biografía prácticamente perfecta para aquellos que sólo quieran una toma de contacto con el escritor de cara a afrontar En busca del tiempo perdido, por ejemplo, con un mínimo de información sobre los códigos secretos (también llamados curiosidades) que se ocultan entre sus páginas.

De Días entre estaciones de Steve Erickson ya hemos hablado lo suficiente en su propio post (clic). Idem para Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig, reseña que pueden leer aquí, y para Los vivos y los muertos de Joy Williams que pueden encontrar allá

El resto del mes se fue en una obrilla de Yasunari Kawabata llamada El maestro de Go que habla un poco de aquella manera, sin profundizar en exceso, de ese tena universal que son las diferencias generacionales por un lado y de carácter por otro y de la santa paciencia que tienen los jugadores de Go no te digo ya sus mujeres e hijos. Ligera y entretenida a partes iguales. 

Y por último y casi en tiempo de descuento, La felicidad de los pececillos de Simon Leys, una recopilación de artículos fundamentalmente de corte literario. A quienes nos gusta leer, este tipo de artículos tan cargados de obviedades y anécdotas vilamatinas y citas a cascoporro nos gustan mucho. No seré yo la excepción aunque tal vez “mucho” sea pasarse. Lo sabremos en la reseña, caso de haberla.

Y eso es todo. O casi.

En la categoría de Abandonos no definitivos podemos encontrar la última novela de Gonzalo Torné, que aburre con sólo hojearla, o la de Iván que peca de cierta afectación. Tampoco este mes fue el mes de Música acuática de T.C. Boyle, me temo, ni de El jilguero de Donna Tartt, ni de la irregular colección de ensayos o artículos de Gaddis (que para que diga yo esto, también…) que acaba de publicar Sexto Piso.

Y acabo.

A día de hoy me encuentro leyendo un par de libros. Por un lado El libro más peligroso de Kevin Birmingham, un relato apasionante (apasionante, sí, han leído bien) sobre lo que fue la creación y publicación del Ulises, un libro que merece la inmensitud sólo por el trabajo que dio sacarlo a la calle. No puede gustarme más y eso que no llevo ni una cuarta parte. La segunda lectura, toda vez que no hay dieta saludable que no incluya algo de ficción, es El mar, el mar, de Iris Murdoch, una novela que intenté leer hace mucho tiempo sin demasiado éxito (no era el momento) pero que hoy veo con otros ojos. Con los buenos, para ser exacto.

Bueno, ahora sí: es todo. El mes que viene, más.



lunes, 27 de febrero de 2017

“Los vivos y los muertos” de Joy Williams (Trad. Albert Fuentes)

Se pongan algunos como se pongan, no tiene nada de interesante conocer los detalles o las razones por las que uno, en este caso yo, llega a ciertos libros o el modo en qué afronta ciertas lecturas. Otra cosa es que sean parrafitos ideales a la hora de perpetrar una reseña, básicamente porque sirven para dejarlo todo perdido de contenido sin la necesidad de afrontar lo verdaderamente importante. No olvidemos que uno llega a estas páginas buscando información sobre el libro, no sobre nuestras miserias. Dicho lo cual, si voy a contarles hoy cómo llegué a Los vivos y los muertos es fundamentalmente porque la cosa está plagada de prejuicios me he visto obligado a superar total para nada. Y cuando digo prejuicios, quiero decir Alpha Decay, quiero decir “yo no leo lo que editan estos señores”, no por nada, ojo, ocurre simplemente que la experiencia es un grado, pero fue una recomendación robada a una persona que me inspira una confianza total y ahí la balanza ya no tuvo nada que hacer; cayó por su propio peso. Eso y que había sido finalista del Pulizter en 2001, algo que sin ser palabra de Dios es algo a tener muy en cuenta. 

La parte bonita de esta historia es esa vuelta a los orígenes del blog, cuando leer Alpha Decay era tan bueno como leer cualquier otra cosa y no una apuesta demasiado arriesgada. La parte triste es que me equivoqué. Quiero decir que me equivoqué al seguir la recomendación, no al prejuzgar a los Alpha Decay que, una vez más, se llevan un Razzie para casa. 

He aquí las razones de este mi desprecio de hoy (un desprecio un tanto exagerado, para qué nos vamos a engañar):

Partimos de la siguiente realidad: la novela carece de trama. Yo con esto no tengo casi ningún problema, pero hay quien sí. Ocurre que cuando no tienes trama lo tienes que hacer muy bien. Qué demonios: lo tienes que hacer rematadamente bien. Thomas Wolfe, por poner un ejemplo de una lectura reciente que lo deje todo en evidencia, prescinde de ella en El ángel que nos mira pero su relato es firme y su prosa es de las que ya no se estilan: hay un placer en la mera observación la misma. Por lo demás, dentro de la ausencia de trama, hay una evolución, lo cual quieras que no, es un ayuda, pero esta es una ventaja de la que también goza Los vivos en los muertos, donde los personajes, pese a no avanzar realmente en ninguna dirección, no dejan de moverse hacia ninguna parte y sin embargo el resultado deja, en comparación, mucho que desear.

La protagonista, o aquella que perfectamente podría pasar por protagonista toda vez que la novela está plagada de personajes secundarios que no siempre lo parecen, es probablemente lo mejor pero también lo peor aprovechado: un personaje intenso, seguro de sí mismo, lo bastante inteligente y con la suficiente mala leche para rivalizar y poner en evidencia a cualquiera que sus contrincantes, esto es, todos los demás, amigas incluidas (especialmente ellas). Idealista y sincera y a ratos extremadamente cruel, Alicia se gana con facilidad al lector, no así los demás personajes que van apareciendo por la obra sin orden ni concierto ni una razón que vaya más allá de reforzar la idea de que la distancia que separa los muertos de los vivos es una línea que no está siempre del todo clara («Alice quería estar fuera, en el mundo, pero sin formar parte de él»). Prueba de ello es Corbus, huérfana como sus otras dos amigas, que, incapaz de superar la pérdida, se abandona a una suerte de permanente duermevela donde lo mismo vive que muere que todo lo contario. O Carter, padre de la tercera en discordia, que noche tras noche es obligado a enfrentar al fantasma de su mujer fallecida, fantasma que insiste en huir con él a dónde sea que van los que son como ella, regalándonos diálogos que se cuentan entre lo más divertido de la novela y que junto con todas aquellos momentos (demasiados pocos momentos) en los que Alice hace de las suyas, pueden dar la idea equivocada de estar ante una obra magnífica. Y no.

—Alice —dijo Cárter—, ¿cuánto me cobrarías por matar a Ginger?
Era una petición desesperada y Alice se sintió halagada. Renunciaría a todos sus honorarios por el señor Vineyard, porque siempre se había mostrado de lo más encantador con ella. Pero Alice era realista; el asesinato, en este caso, quedaba descartado.
— ¿Quiere que yo mate a su mujer, señor Vineyard?
—Sería maravilloso.
—La verdad es que no sería capaz, señor Vineyard.
—Tienes el corazón de una anarquista. No me imagino a quién recurrir, si no.
—Pero sería espantoso, señor Vineyard. Si pudieras matar a un muerto, sería como matar a alguien realmente singular y especial, como el primer ejemplar de su especie o algo así.
—Ginger no es un unicornio, Alice.
—No sabría por dónde empezar, para serle sincera, señor Vineyard.
Yo sólo digo que si no ha ganado es Pulitzer será por algo. Ahí lo dejo.

Y es que al final la novela es esto y poco más. Y para llevarla a cabo Joy Williams nos somete a una tortura de 440 páginas cuando es harto evidente que la mitad hubieran sido más que suficientes. Y eso pesar de un intento tardío de incluir un tercer personaje, también, como el primero, inteligente, divertido, escéptico: una niña de ocho años venida a más que pone patas arriba, con su mera presencia, la vida de todo un hombre que cae rendido a sus encantos de niña prodigio. Pero es que al final la susodicha tampoco aporta gran cosa más allá de algunos buenos párrafos por lo que supongo que habría que felicitar al traductor:

«Stumpp sonrió y sacudió la cabeza de puro contento. Estaba encantado con Emily Bliss Pickless. Astuta elfina que canta y baila para sí misma. Aunque no del todo. Que siempre encuentra sin buscar jamás... pero eso era poesía barata y sentimentaloide. Pickless era mucho más que eso, sus mimbres eran más recios. La chiquilla escondía profundidades sin sondar; se apostaría sus bonos en ello. Escribía un pequeño diario, no la típica cosilla infantil con un candadito y una llavecilla, sino un fajo de papeles en una caja con una tapa atornillada que se abría con dos destornilladores distintos. Era una niña adorable».

Tengo la impresión (lo cierto es que tengo algo más que la impresión) de que esta novela se pierde en un exceso de personajes y situaciones que unas veces por repetitivas y otras veces por inofensivas tienden a marear la perdiz de tal forma que aquello que le da título y que debería ser el tema termina siendo poco menos que una anécdota curiosa.


Y esta, amiguitos, es la historia de cómo, una vez más, servidor de ustedes renuncia a leer cualquier cosa que salga de los iMacs de Alpha Decay, Joy Williams incluida.



miércoles, 22 de febrero de 2017

“Veinticuatro horas en la vida de una mujer” de Stefan Zweig (Trad. Mª Daniela Landa)

El tema de hoy es Veinticuatro horas en la vida de una mujer o cómo hacer pasar por buena una novela sobre el encoñamiento de una tarde de domingo.

Aviso para navegantes: no voy a privarme de destripar, si me place, todos y cada uno de los detalles de la historia, fundamentalmente por dos razones: una, porque para hablar de vaguedades ya están los demás y, dos, porque no se puede hacer sangre sin hundir la hoja siquiera un poquito.

La historia comienza con un hombre defendiendo a una mujer que antes de la medianoche ya se había fugado con un joven malandrín que conoció a la hora del té. Otra mujer, entrada en años, como sesenta y cinco años de entrada, escucha la conversación, las acusaciones y, sobre todo, la defensa que nuestro héroe y narrador hace de la mártir. Nace así en su corazón la esperanza de ser comprendida, a su edad, que ya no contaba. Resumiendo: la cosa acaba en confesión a la luz de las velas. Que si ella hizo lo suyo, también, hace años; que si ahora, viendo posibilidad de aceptación por parte de tan ilustre y sensato y, por qué no decirlo, guapo caballero, le da por compartirlo. Y esto es lo que sale de su desdentada boquita:

Se casa joven. Tiene hijos. Dos. Cuando ella tiene cuarenta su marido muere. Ay. Entra en la viudez con un hijo de dieciocho y otro menor que no ve porque está estudiando, angelito. Se aburre, claro, así sin nada que hacer. Pasan los años. Dos años. Se-a-bu-rre. Se va de viaje, será por dinero. Paseos paseos paseos. Inevitable: Montecarlo. ¡Casinos! Para dejarlo claro: es la clase de burguesita que a los cuarenta disfruta más en un casino de Montecarlo que atendiendo a su prole al calor de la chimenea o preparando muffins de arándanos, por más que ella lo venda diferente:

«Hablando con sinceridad, he de decir que eso se debió al tedio, al afán de ahuyentar aquel penoso vacío de mi corazón que no podía nutrirse sino de pequeños estímulos del mundo exterior. Cuanto mayor era mi atonía, más intenso era en mí el deseo de hallarme allí donde la vida se agita más febrilmente. Para quien se siente desasido de todo, la apasionada inquietud de los otros produce una sacudida en los nervios, como el teatro o la música».

Ya lo siguiente es ella con una prima acodadas en la barra mirando la vida pasar o buscando braguetas abiertas, no sé. De entre todos jugadores hay uno que llama su atención: joven, guapo, apasionado, expresivo. VITAL. Típico imbécil que lo pierde todo, que abandona el casino, huye al parque, se sienta en un banco, llueve y se moja, como los demás. Y así, en camisa, bajo la lluvia, húmero y transido de dolor es como ella lo enfrenta, lo sube a la calesa, «¡Llévenos a cualquier pensión!», y no queriendo no queriendo no queriendo no deja de querer.

«Y aquella noche estuvo tan llena de lucha y de palabras, de pasión y de cólera, de odio y de lágrimas, de promesas y de embriaguez, que pareció haber durado mil años. Hundidos en el abismo, dando tumbos, el uno deseando locamente la muerte, el otro absolutamente ajeno a lo que había de acontecer, salimos ambos de aquel mortal tumulto transformados con otros sentidos y otros sentimientos».

Polvazo, vaya.

Luego, lo habitual: ella: por favor, acepta mi dinero; él: que no que no, bueno, vale, sí pero quedamos a las siete. Y más: que si huyamos o no sé qué pero antes déjame darme una ducha; que si dónde está, por qué no ha venido; que si qué haces aquí, gastándote mi dinero; que si lo quieres tómalo aquí lo tienes, ya no te necesito; que si me lo juraste, que si tú no eres así. Que si…, que si… pero al final que no. Que si la prima en lo alto de la escalera, muda de asombro y estupefacción y adiós reputación y adiós todo y dónde habré dejado las bolitas chinas.

Resumiendo: media novela son las manos del jugador sobre la mesa, otra media es ella justificando sus arrobos y el resto (me van a permitir la licencia matemática) es simple decoración. 

Total, QUE TAMPOCO.



lunes, 20 de febrero de 2017

Declaración de intenciones #358

Hoy toca post de relleno, un poco porque sí y otro poco para recuperar viejas costumbres. 

No hace ni dos meses tenía yo la sensación —por no decir el convencimiento— de que 2017 iba a ser un año horribilis para la literatura universal, no digamos ya la española. Todavía estoy a tiempo de acertar, nos quedan muchos meses por delante, pero así de entrada me estoy llevando la agradable sorpresa de estar equivocado, esto es, la de encontrar bastante donde elegir en esa permanente y por lo general despreciable maraña de novedades.

Esto da un poco al traste con la noble intención que tenía un servidor de aprovechar el año para dejar un poco de lado el blog y ponerse al día con clásicos pendientes (modernos y antiguos) tipo Bernhard, Stendhal, Victor Hugo, Dostoievski, Tolstoi, Mann, Proust, Zweig, James, Faulkner, McCarthy, Twain, Roth (el Joseph y el Philip), Ford (el Madox y el Richard)… y un largo etcétera, pero supongo que es inevitable que la cabra tire, una vez más, al monte. Con todo, me he jurado uno, tal vez dos, al mes. Que me he mentido, vaya. Aunque supongo que lo que ocurra dependerá un poco de lo que hagan esos seres viles, atracadores a mano armada, que se hacen llamar editores, cuando la mitad no lo son ni remotamente, toda vez que su función no consisten en editar sino en comprar, montar y vender un artefacto que les viene dado. (Y ya no te cuento si hablamos de la edición marginal, esto es, Zutanito García publicando a Menganito García, amigo, vecino, familiar, conocido del barrio, de la red social, de la isla, ciudadano del mund[ill]o; editoriales que son auténticos contenedores de basura, esto es, de aquello que da vergüenza ajena, de aquello que nos recuerda nuestro bajo nivel cultural, que evidencia que ya no se trata de escribir sino de teclear, que ya no se trata de editar sino de publicar, de dar salida a una afición que nació en la lectura y la lectura tenía que haberse quedado).

Cuando empezó el año y yo me descubrí pensando nada más que en Pynchon o Mattiessen o Nabokov o Conrad, no contaba (bueno, realmente sí contaba, simplemente no me acordaba) con que los de Sexto Piso fuesen a publicar un nuevo Gaddis, aunque fuesen ensayos (La carrera por el segundo lugar), que tratándose de Gaddis, uno de los mejores escritores ever, es un poco lo de aprovechar los restos del banquete. No contaba tampoco con Valdemar sacando a la calle la Historia general de los piratas de Daniel Dafoe, rescate que me pone más loco que el cuero a la niña de cincuenta sombras, o a Mondadori reeditando a Ellroy. Y desde luego no podía ni imaginar que una editorial recién salida del horno rescatase a William Gass, y más concretamente En el corazón del corazón del país. Es como que de repente hay lugar para la esperanza, aunque sea golpe de reedición (o precisamente hay lugar para la esperanza gracias a tal).

En Alpha Decay editan, una vez más, y van tres, a Joy Williams, lo que me recuerda que no he leído todavía, probablemente uno de las pocas autoras de su catálogo que me despierta algo de interés (aunque, bueno, acaban de publicar otro de Jim Dodge, que se va a tener que esperar hasta que le meta mano a Stone Junction), lo que me lleva a empezar Los vivos y los muertos, sin tener muy claro la continuidad que tendrá tal ejercicio de buena voluntad y vaga esperanza de reconciliación.

Y esto (siendo esto, leer a Williams) lo hago pese a estar con ello incumpliendo la promesa que hice en su momento de empezar, inmediatamente después de terminar a El ángel que nos mira de Thomas Wolfe, cosa que ocurrió durante los primeros días de febrero, Lección de alemán de Siegfried Lenz, editado por Impedimenta hace nada. Pero es porque yo soy mucho de acumular impedimentas y promesas (así es que todavía descansan en la estantería de inmediatos los Cuentos de Hadas de Angela Carter, Música acuática de T. C. Boyle o El libro y la hermandad de Iris Murdoch (aunque ésta tendrá que esperar a que antes lea El mar, el mar), cuyo primer intento, hace unos días, acabó en fracaso estrepitoso).

Otras novelas (o no) de interés que se encuentra uno buceando en catálogos ajenos son Historia de los hombres lobo, de Jorge Fondebrider (Sexto Piso); A través de la noche de Stig Sæterbakken, recomendación robada a alguien que ya no inspira demasiada confianza y por lo tanto tenida relativamente en cuenta o Que me quieras, de Merritt Tierce, también bajo sospecha no tanto por venir de quien viene como por ser editada por quien la edita (esto es, Blackie Books, a la altura de Malpaso en cuestiones de fe).

Sobre todas ellas flota la novedad más apetecible: A la luz de lo que sabemos de Zia Haider Rahman (Galaxia Gutenberg), según la contra, “una de las grandes novelas de nuestro tiempo, sobre lo que ocurre en el mundo hoy mismo”. Y menos novedosa, pero igualmente (si acaso no más) apetececible El libro más peligroso de Kevin Birmingan (Es Pop), ensayo que “narra la extraordinaria historia de "Ulises", desde los primeros apuntes de Joyce en 1904 hasta su tercer y decisivo juicio federal por obscenidad en 1933”.

En lo que se refiere a novelas escritas en español, un género en sí mismo, (género que trato de evitar en la medida de lo posible toda vez que ha sido hasta la fecha motivo de permanente disgusto) también hay cosas, no muchas, pero en cualquier caso demasiadas: desde Sylvia de Celso Castro, prácticamente la única que me inspira confianza toda vez que Castro es una debilidad personal, pasando por Iván Repila, que ha escrito Prólogo para una guerra, una novela muy esperada de la que me han empezado a llegar sutiles advertencias que me obligo a desoír y terminando por Los peligros de fumar en la cama, de la misma Mariana Enriquez (Anagrama) que nos dejó tan buen sabor de boca el año pasado. Ah, y Nefando, de Mónica Ojeda (Candaya) que también he oído que bueno, que qué locurón y tal. Otras podrían ser las de Antonio Orejudo (Los cinco y yo) o Daniel Ruiz (La gran ola) si no estuviese uno tan desencantado con Tusquets después de lo de Patria. Sí anoto, a pesar de Alfaguara, El Salvaje, de Guillermo Arriaga, confiando que sea la mitad de buena que prometen unos y otros, que es exactamente lo mismo que hago con lo nuevo de Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo. Prejuicios todos, aviso. 

Y termino (terminé, de hecho, la semana pasada) anotando La horda, Una revolución mágica de Servando Rocha (La Felguera) mientras me traía a casa, directamente de la biblioteca, La facción caníbal, también de Rocha, (también de La Felguera) con la esperanza de utilizarla para hacerme una idea de lo que puedo encontrarme en su nueva novela. Y todo esto mientras las redes “ardían” con la noticia de que Guillem López e Ismael Martínez Biurrum “asaltarían este año las librerías con dos novelas alucinantes” (palabra de Valdemar, que aquí nos tomamos muy en serio) o la inminente publicación de Transcrepuscular, lo último de Emilio Bueso, una trilogía que no conviene (creo) confundir con aquella otra trilogía crepuscular, con la que no guarda (quiero pensar) relación alguna. Lo digo para que no se me pongan nerviosos.

A mayores dejé caer en Facebook el otro día que tenía la intención (malsana intención) de leer una serie de libros que, por tiempo, no voy a detallar, pero que pueden ustedes ADMIRAR en la fotografía que cierra este post. A excepción de El barbero y el superhombre, de Colectivo Juan de Madre todos son libros que he recibido directamente de los escritores unas veces, de los editores otras. Todos ellos tendrán su oportunidad, que será exactamente la misma oportunidad que tiene cualquier otro libro, pero a cambio todos tendrán la obligación de seducirme en sus primeras páginas (que es exactamente la misma obligación que...). O eso, o la muerte.